33 goles y aún lo cuestionan: el caso absurdo de Julián Quiñones


SIN VAR
La columna que no pasa por revisión.

Hay debates que tienen sentido.

Y luego está el de Julián Quiñones.

A unos días del Mundial, todavía hay quienes discuten si debe ser titular con la Selección Mexicana. La pregunta no es por qué debe jugar. La pregunta es qué más tiene que hacer para que algunos lo acepten.

Porque los números no mienten.

Treinta y tres goles en la temporada.

Campeón de goleo de la Liga Saudí.

Y sí, para los que siguen minimizando lo que hizo, terminó por encima de Cristiano Ronaldo en la tabla de goleadores.

No estamos hablando de promesas. No estamos hablando de potencial. Estamos hablando de resultados.

Y curiosamente, en el fútbol mexicano siempre encontramos una manera de ignorarlos.

Si esos mismos 33 goles los hubiera marcado en España o Inglaterra, los programas deportivos estarían dedicando horas enteras a hablar de él. Pero como los hizo en Arabia Saudita, aparecen las excusas, los peros y las dudas.

Lo cierto es que Quiñones llega al Mundial en el mejor momento de su carrera.

Tiene confianza.

Tiene ritmo.

Tiene gol.

Y sobre todo tiene algo que escasea en la Selección Mexicana desde hace años: capacidad para marcar diferencias en el último tercio de la cancha.

Es rápido, potente, agresivo y juega con una intensidad que pocos delanteros mexicanos pueden ofrecer hoy.

Por supuesto que no es perfecto.

Ningún futbolista lo es.

Pero cuando un delantero marca 33 goles y supera a Cristiano Ronaldo en una misma temporada, el debate deja de ser futbolístico y empieza a convertirse en otra cosa.

Porque si los goles no son suficientes, entonces ya no estamos evaluando rendimiento.

Estamos evaluando prejuicios.

Los Mundiales no se juegan con nombres.

No se juegan con recuerdos.

No se juegan con jerarquías heredadas.

Se juegan con futbolistas que llegan encendidos.

Y hoy, pocos mexicanos llegan más encendidos que Julián Quiñones.

Por eso cuesta entender tanta discusión.

Treinta y tres goles después, la conversación ya no debería ser si merece ser titular.

La verdadera pregunta es por qué todavía hay quienes se resisten a aceptarlo.


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